Carolina Diaz y Érica Delvina reparten cenizas en La Villita en febrero de 2024. Foto: Karen Callaway/Católico
El mes de marzo nos presenta el Miércoles de Cenizas, celebración que nos abre un espacio único e intencional para ponernos al día con nuestro Dios. Es un instante donde nos vemos cara a cara con nosotros mismos, revelando la verdadera esencia de nuestras acciones. A este espacio le llamamos la Cuaresma. Es en el tiempo cuaresmal donde encontramos el vehículo que ultimadamente nos llamará a nuestra finalidad: la resurrección. Este ejercicio cuaresmal nos debe llevar a un momento reflexivo que apunte a una conversión más profunda. Es un tornar nuestras espaldas a nuestro pecado para darle el rostro y el corazón a Dios. Y ¿qué debemos hacer en este tiempo? Nos adentramos en nosotros mismos, identificando nuestras limitaciones, culpas y pecado. Se trata de ver con objetividad y responsabilidad, sin excusas ni justificaciones, las veces en que le hemos fallado a Dios y a nosotros mismos. Le debe seguir una etapa de búsqueda. Buscamos métodos de purificación como la penitencia, la abstinencia, el ayuno, el aumento de la oración, las devociones penitenciales, haciéndonos responsables por nuestras faltas y pidiendo perdón seguramente en los brazos de un confesionario. EL horizonte se presenta ante nuestras culpas, ante la misericordia de Dios, como una futura, eterna y luminosa Pascua. La Cuaresma es un tiempo de luto. Es un momento destinado a la tristeza por nuestros pecados y los del mundo. Conocida entre nuestros hermanos ortodoxos orientales como el tiempo de “la brillante tristeza”, nos lleva a “quemarnos” espiritualmente. Nos llama a quemar nuestras faltas, inseguridades, angustias espirituales por no ser prefectos y pecados de toda índole. Es el reducir todo esto en cenizas para que al igual que el ave fénix de la mitología griega, de las cenizas emerja a una nueva luz, una nueva existencia. En nuestro caso, que salgamos a la vida eterna. Será precisamente esa luz la que nos guíe por los pasillos oscuros de un sepulcro, dejándolo vacío y bañándonos en la luz de un día que nunca se acaba. Un día en la gloria del Padre. Permitamos que el fuego purificador del Espíritu Santo nos queme, nos consuma y nos haga cenizas. Y una vez despojados de nuestra antigua iniquidad, convirtamos nuestras vidas en velitas, antorchas o pebeteros, caminando hacia la morada santa y llevando a otros con nosotros a la casa del Padre. ¡Santas Cenizas y luminosa Pascua!